Trieste

Por: Guillermo García Manzano


En la región italiana del Friuli-Venezia Giulia, haciendo frontera con Eslovenia, se localiza la bella, histórica y estratégica ciudad de Trieste, la que es capital de la provincia del mismo nombre, cuya voz en esloveno “Trst” o en friulano “Triest” vocablo que proviene del que los romanos denominaron “Terjeste”, que en su original nombre céltico se traduce como “mercado”. Su ubicación a orillas del mar Adriático le dio importancia e historia; historia siempre abundante de intereses militares y económicos. Fundada en las pendientes de la colina de San Giusto, en el siglo II antes de Cristo por los poderosos romanos, se solida como ciudad bajo el mandato de Julio César, alcanzando desde entonces y a lo largo de toda le época imperial, fama por ser uno de los puertos más importantes del alto Adriántico. A Cayo Julio César Octavio Augusto se le atribuyen la construcción de una protectora muralla, un bello teatro y el foro que le daba vida política, comercial y religiosa.
Cuando cientos de años después, en el 476, se desmoronó el imperio que consideró “Mare Nostrum” (Mar Nuestro), Trieste quedó bajo el control bizantino, corría el año de 788 de nuestra era cuando los francos la conquistaron dominándola hasta que ya entrado el siglo XII se liberó bajo la influencia y en cierta forma protección de Venecia. A partir de entonces y a pesar de otras dominaciones como la Austriaca, Trieste mantuvo lazos culturales muy apegados al mundo italiano; efectivamente desde 1382 hasta la caída del imperio austro-húngaro después de la primera guerra mundial, Trieste estuvo dominada por la Real Casa de los Habsburgo, dominio que se recrudeció en 1719 cuando la ciudad se convirtió en “puerto franco” a partir de las grandes inversiones que en él realizara el gobierno imperial. A pesar de vivir este estado de cosas la porteña ciudad mantuvo cada vez con mayor fuerza los vínculos culturales con sus regiones vecinas Údine, Trento y especialmente, como ya se ha señalado, Venecia; sin embargo siempre quiso mantener sus orígenes regionales y exhibirlos al mundo de su época, por lo que incluso cambió su dialecto triestino de tipo veneciano, por el tergestino, el antiguo dialecto local de otro tipo, el friulano, mismo que hasta la fecha conserva, hablándolo en el ámbito familiar y en la informalidad de sus relaciones amistosas.
Trieste es bella al tiempo que nostálgica; bella pues su trazo y la arquitectura de sus casas mantienen vivo un pletórico pasado, donde han venido conviviendo eslovenos desde los albores del siglo XII, donde también han mantenido su presencia croatas, albaneses, griegos, alemanes y en notoria minoría, chinos. Es bella por sus canales y por su paisaje circundante y por su mar; es  bella también por la modernidad de sus instalaciones que propician confort y funcionalidad urbana. Su belleza la han avalado grandes personajes que a Trieste llegaron en el devenir de su historia, especialmente la más próxima a nuestros días: el literato Rilke quien en 1912 buscó un lugar que fuera motivo de su inspiración y que, después de recorrer países, ciudades y poblaciones más pequeñas, se estacionó en Trieste porque la consideró el lugar más bello de Europa y uno de los que tienen mejor clima; al respecto, Rilke escribió que éste tenía dos estados: el Bora y el Sirocco, refiriéndose a estas situaciones climatológicas en los siguientes términos… “Sopla la bora dos veces por semana y el gran viento (Sirocco) cinco veces. Lo llamo gran viento cuando uno está constantemente ocupado en sujetarse el sombrero, y bora cuando teme romperse un brazo. El otro día fui arrastrado cuatro pasos por el viento. Y el año pasado, un hombre prudente, que se encontraba al borde de esta ciudad tan pequeña, pernoctó en un albergue por no atreverse a volver a su casa por miedo a la bora. Yo podría burlarme de este viento con la misma valentía que mostré con los ladrones de Cataluña, pero ocurre señor, que me produce reumatismo en las entrañas…”
Otros personajes que han preferido este norteño puerto italiano, ya sea para vivir o para pasar en él largas temporadas, han sido el novelista James Joyce con todo y su familia, el que a través de su estancia docente procreó hijos nativos de la ciudad; también los escritores eslovenos Vladimir Bartol, Srecko Kosovel y Boris Pahor y el entretenido novelista alemán de género policiaco Veit Heinichen, quien nos hace recorrer las más interesantes aventuras, siempre ambientadas en Trieste.
Al recorrer las calles del puerto, es importante estacionarnos momentáneamente haciendo un alto en sus principales monumentos como el Museo de Historia y Arte; su centenaria catedral que en el siglo XIV juntó a dos edificios eclesiásticos precedentes, construcción que aún conserva desde el lejano siglo XI las reliquias de san  Justo, patrón de Trieste; el teatro romano de marcado estilo griego y que se erigió en las dos primeras centurias cristianas; en fin, caminando por sus lugares más representativos uno disfruta esta bella ciudad.
Muy cerca de Trieste, sobre su costa adyacente, se encuentra el famoso Castillo de Miramar construido por el arquitecto vienés Carl Junker, entre 1856 y 1860, por  deseos del archiduque Maximiliano de Habsburgo, quien fuera el emperador de México traído a nuestra patria por un grupo de conservadores que malinchista y románticamente lo pensaron como la solución a todos nuestros problemas y como la base para desarrollar una poderosa nación. Precisamente fue hasta Miramar donde estos apátridas fueran a ofrecerle la corona del Segundo Imperio Mexicano el 3 de octubre de 1863. Mientras se construía el castillo, el matrimonio de Maximiliano de Austria y de la princesa Carlota Amalia de Bélgica, habitó un castelleto dentro del área de las 22 hectáreas de esta propiedad.

Cuando se visita el castillo de Miramar no se puede prescindir de disfrutar el Salón del Trono, que por cierto fue restaurado no hace mucho tiempo, para reintegrarle su antiguo esplendor. Otro espacio de interés es la Sala de Música, con muebles y decorados del siglo XIX que le dan marco a múltiples objetos y obras de arte.
Visitar Trieste será siempre grato acompañando nuestra estancia con un magnífico vino del Friulli y con deliciosos y restauradores platillos de delicada factura.