Remembranza de hechos inolvidables

Por: Arcelia Yañiz(+)


En San Ramón, la bendición de los animales se ha venido celebrando en el atrio del templo de la Merced. Mis recuerdos me llevan de la mano desde que se  encontraba en ese lugar de la plaza que hoy se llama Democracia, pero que tuvo un asiento de largos años.
El empeño de las amas de casa por hacer de sus mascotas una exhibición notoria, vestían a los perritos, sobre todo falderos, de manera estrambótica, a los loros y pericos los llevaban en sus jaulas, y estos amenizaban el acto con sus frases de cajón, aumentaba por el glamour que dichos animales tienen, “periquito, perro, dame la pata”, algunos loros cantaban o rezaban, según lo que les hubieran enseñado, y era divertido, porque había una competencia para ver cuál era el que más sabía, el más gracioso, el más simpático, lo que hasta la concurrencia, que siempre fue numerosa, los aplaudía.
Mi familia tuvo un loro que alcanzó una edad de 65 años, y como nuestro domicilio estaba en las calles de Reforma, a media cuadra del entonces cuartel en Santo Domingo, el loro cantaba la diana, y como si fuera solfeo tarareaba la música de la corneta, y gritaba a todo pulmón: “Arcelia, dame de comer”.
En el corredor colgaban jaulas de diferentes pájaros, centzontles, gorriones y hasta una primavera, que daban lecciones y tonos a los del plumaje verde. Era verdaderamente una carga pesadita porque se tenía que hacer muy temprano en la mañana: Asearle sus jaulas y prepararles sus sopas de marquesote con leche. Una frase que siempre fue para mí un enigma siendo niña, de que una persona le dijera a la otra: “tú eres como la caca de perico, ni hueles ni hiedes”, efectivamente, el excremento de estos animales solo era una masa deleznable, pero no apestaba. Claro, sus comidas eran delicadas y sin olores predominantes.
La aristocracia para los pájaros la imponían los canarios, que con su tenue y delicado plumaje, sobresalían con su color amarillo y sus figuras esbeltas y delicadas. A estos les ponían unas canastitas forradas de telas suaves, llenas de hilos sueltos para que hicieran sus nidos, y así aumentaban la población cada año, con los nuevos polluelos, primero pelones, que daban la sensación de estar encueraditos, y luego vestidos de un suave plumaje.
Mis quehaceres de niña eran atender las jaulas, darles su comida en platitos especiales, y cuántas veces tuve el propósito de dejarles abierta la puerta de la jaula para que se fueran, porque no me parecía que estuvieran presos. No lo hice por temor a la reprimenda y al castigo, pero hice una promesa, que yo nunca tendría pájaros enjaulados, y la he cumplido.
Entonces las casas de Oaxaca, de la clase media, imprescindiblemente tenía jaulas y helechos en las macetas, y las más raras plantas, como el tepejilote, el narciso, la camelia, y sobre todo las begonias, de estas sobresalían la rosa y la encarnada, la que decían Corazón de María, Corazón de Jesús.
Hubo una familia de muy grata memoria, y de apellido Santa Ana, que todas eran mujeres, de no malos bigotes por cierto, y que el pueblo las llamó las once mil vírgenes, y ninguna estaba casada, sabiendo hacer primores, como era el estilo femenino: hilados, bordado en blanco, estilo español, todo esto en bastidores, altos y pequeños, según la costura a bordar. Las señoritas Santa Ana tenían debilidad por las plantas, y el hogar de ellas se ubicaba en la esquina de 20 de Noviembre y la calle que da a la Alameda y al Portal de Flores, donde cultivaban flucias, que profanamente el pueblo le decía aretes, porque sus flores tenían esa forma. Toda clase de helechos, y el famoso jazmín de Amelia, gratamente perfumado, sin faltar el árbol huele de noche, que daba a los patios oaxaqueños un sello particular. En ese entonces todo lo que es la Trinidad de las Huertas eran terrenos de cultivo para flores y arbustos, hasta el principio del siglo pasado empezó a convertirse en una zona habitacional. Los estudiantes de la época íbamos a esos jardines a buscar ramos y a desayunar campiranamente memelitas con asiento, adornadas con queso blanco, atole o champurrado que siempre había para los visitantes, a precios verdaderamente módicos. Los campesinos de ese lugar eran sencillos, acogedores, amorosos con los estudiantes y estos se portaban magníficamente también con ellos, la relación alimentaba amistades, algunas duraderas por muchos años después. En aquellos jardines pasearon Rodolfo Sandoval (abogado y filósofo), Guillermo Martínez León (abogado, catedrático y con cargos principales en los gobiernos), el poeta Esteban Avendaño Chávez (el que menciona estos lugares en sus Cantos a Oaxaca), el cuentista Villalobos Celaya y el pianista Jorge Canseco (abogado) y una interminable lista de la juventud de ese tiempo. Todos salían con ramos de flores para sus acompañantes, que no precisamente eran novias,  sino compañeras de estudios.
Esos cármenes son ahora hoteles, casas construidas modernamente, avenidas arboladas que todavía hacen risueño a este pulmón de la ciudad.