Nuestros lunes del Cerro

Por: Guillermo García Manzano


 

El origen de estas fiestas se pierde un poquito en la especulación, en el suponer, en la conseja y la tradición resultantes y sobre todo, en una gran imaginación de amorosos oaxaqueños.

Por un lado está lo que no se puede probar, pero que sin embargo, resulta de una lógica incuestionable y, por el otro, lo que forma parte del desinteresado relato histórico.  A todo esto hay que agregar que lo que oficialmente se declara con cierta ligereza, no representa más que un conjunto de datos expuestos en medio de la ignorancia o de una actitud un tanto demagógica.

Ante todo lo anterior, resulta interesante tratar de dar datos concretos que ni ensueñen deseos, intensiones o sapiencia cuestionable, ni pretendan convertirse en dogma histórico-folklórico.

PREHISPANIDAD.

Sin referencias comprobables con las que se basen las afirmaciones tradicionales, estas fiestas se fechan en 1486, a partir de un asentamiento mexica, que los aztecas realizaron en lo que, conocido que fue zapoteco como Lyobáa (al extremo del huajal), lo tradujeran al náhuatl en el mismo significado como Huaxyácac.  La tradición refiere que al poco tiempo de su llegada, se presentó una drástica sequía y con ella graves pérdidas agrícolas, que los indujeron a recurrir a sus ritos, por lo que imploraron la protección de Centéotl, su diosa del maíz.  Producto de este ritual fue la Fiesta de los Señores, celebrada en el mes de julio y confirmada con una octava, según la costumbre.

EN LA COLONIZACIÓN.

Los religiosos que acompañaron a los conquistadores, regularon estas fiestas, prohibiendo todo aquello que cayera en lo pagano y en lo real o simbólicamente inhumano; por lo que Tanilaonayaalaoni (el Cerro de la Bella Vista, o Ecatepec, o el Fortín), cambió a la diosa del maíz por la madre de Jesucristo en su advocación  de “La del Monte Carmelo” o sea, la Virgen del  Carmen.

EN EL VIRREINATO.

En este período, se generaliza el culto a la Virgen del Carmen, con festejos religiosos el 18 de julio; y al día siguiente, como parte de su organización festiva, se realizan paseillos por el Cerro del Fortín  y calendas con la participación de los gigantes, personajes de mojiganga que en número de seis, representaban a parejas de españoles, negros y mestizos; también incluían otras manifestaciones de marcada influencia asiática, traídas de Europa,  como la sierpe.  Aparecen figuras y canastas enfloradas, música y verbena, las que atraen a un número cada vez mayor de participantes.

EN LA ETAPA INDEPENDIENTE.

Se consolidan los paseillos familiares al Cerro del Fortín y con la natural algarabía popular, se aceptan algunas manifestaciones artísticas.  La cita es en el cerro, donde se congregan amigos y familiares en una reunión de todo el día, con un alto contenido de solidaridad social.

EN EL SIGLO XX.

Tienen un papel sobresaliente las vendimias y los personajes típicos de la ciudad jade, las chinas oaxaqueñas, los sacrificios, los charritos y los catrines.   Destaca la concurrencia de la Banda de Música del Estado y una que otra expresión de danza folklórica. Se inician también las más sencillas pero animadas competencias atléticas y, para el año de 1927 se pretende rebautizar a estas centenarias celebraciones, como “Fiestas de la Azucena”, tal vez por esa pequeña florecita blanca y olorosa que en excursiones juveniles y familiares, se corta en esas fechas, para formar ramitos como una parte muy sustantiva de los paseos por el Cerro del Fortín. La idea del cambio de nombre no prosperó, pero el interés que despertara la frustrada iniciativa, alentó a muchas personas para dar mayor atractivo a los Lunes del Cerro; así se organizaron las mañanitas con escolares, como una ofrenda de amor y respeto a la Ciudad de Oaxaca; se instituyeron las carreras de relevos, las de campo traviesa, las de velocidad y, desde luego, las de bicicleta.

Para 1932, se organiza el “Homenaje Racial”, con lo que Oaxaca conmemora el  Cuarto Centenario de haber sido elevada al rango de ciudad; programa que se considera el antecedente inmediato de nuestra actual Guelaguetza.  En él participan las diversas regiones tradicionales de la Entidad, para saludar y rendir homenaje  a la capital de nuestro Estado.

El creador de este espectáculo, del que dijera el historiador Jorge Fernando Iturribarría  -“al revés de lo que suele acontecer, la realidad superó al proyecto”- fue el doctor y poeta Alberto Vargas, quien contó con la invaluable participación de dos inolvidables oaxaqueños: el periodista Fernando Ramírez de Aguilar (Jacobo Dalevuelta) y el pintor Alfredo Canseco Feraud quienes tuvieron a su encargo el libreto del homenaje el primero, y don Alfredo la escenografía. De igual forma la dirección musical estuvo encomendada a Guillermo Rosas Solaegui (Chochoy).

El homenaje racial quedó integrado por tres cuadros, el primero de ellos contó con tres escenas, el segundo con seis y el tercero con tres escenas y un final. El eje de este homenaje fue nuestra ciudad capital, representada por Margarita Santaella, a quien se nombró Señorita Oaxaca; a través de ella las entonces siete regiones del estado rindieron pleitesía  a la Verde Antequera con simbólicos presentes de hermandad materializados en suntuaria, cantos, danzas, bailables y productos del campo, también con rojos corazones de identidad oaxaqueña, con bastones de mando dispuestos a los pies de Huaxyacac; ahí estaban doce hermosas mujeres acompañando a Margarita, a ellas se les bautizó como Señoritas Fraternidad y, desde luego, sus gallardos acompañantes los Caballeros del Bien; en esa rotonda del cerro del Fortín, se dispuso un Yolocalli (templo-corazón),  pequeña escenografía de profundo significado de amor regional, donde permanecían ocultas en su interior cientos de blancas palomas que la propia Señorita Oaxaca liberó para que llevaran a todos los confines de nuestras regiones, un “mensaje de paz, de amor y de esperanza” (1)

 En noviembre de 1933, con motivo de que Oaxaca fue sede del Primer Congreso Mexicano de Historia, se repitió ese hermoso Homenaje Racial que fuera admirado por todos los congresistas y por el entonces presidente de la república Abelardo L. Rodríguez, quien vino a inaugurarlo. Esta representación concluyó en una primera puesta en escena en diciembre de 1941, como parte del programa de la Primera Feria Indígena promovida por el gobierno del estado.

En 1934, un grupo denominado “Oaxaca Tradicional”  escenifica,  también en el Cerro del Fortín,  “el Culto a la Diosa Centéotl”, designando  a una agraciada señorita que la representó y a la que hicieron acompañar por sacerdotes, vestales, guerreros y desde luego, escenas y bailables rituales.  Esta es la representación que se efectuaba por las tardes esperando la llegada del aguacero o de la oscuridad, después de haber admirado en todo su esplendor el crepúsculo en nuestro cielo que empezaba a descubrir el cintilar de sus estrellas.  Con pequeñas variantes “el Culto a la Diosa Centéotl” se conservó irregularmente hasta el año de 1949, en que fue sustituido por otro espectáculo denominado “Las Bodas de Cosijoeza”, una inicial representación  que pretendió ser teatro de masas y que gustó en demasía.  De estas dos celebraciones deben guardar antecedentes, libretos, coreografía y música, los descendientes de sus autores: Manuel Zárate Aquino, Alfredo Martínez Barroso, Erasmo Martínez Manilla, Ricardo Vera Castro, Gabino García Aranda y el inolvidable Efrén Díaz Cervantes.

En años que sucedieron al último referido, estas fiestas dieron albergue a la “Danza de la Pluma”,  a los “Zancudos” de Zaachila, a la “Danza de los Jardineros” y a la que en una coreografía costumbrista se conoció como “Fandango del Valle”.

El domingo 16 de julio de 1944 es la primera vez en que el Doctor Vargas lleva una ofrenda al Cerro de Santa Isabel, frente a los “Indios Verdes”, en el inicio a la carretera a Laredo de la capital de la república para presentarla al presidente Manuel Ávila Camacho. A esta representación se le denominó Guelaguetza, y verdaderamente fueron pródigas las ofrendas que se dieron al primer mandatario, inmediatamente después de que las delegaciones regionales presentaran su música, sus danzas y sus bailes.

Para el año de 1951, el H. Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez propuso que se le diera una mejor estructura y una difusión más amplia a los Lunes del Cerro, dado que para entonces  se iniciaba ya una corriente de visitantes tanto del país como del extranjero.  Propuso que se volviera a presentar aquel “Homenaje Racial” de 1932, repitiendo también las embajadas de las siete regiones del Estado, que después tomaran el nombre de delegaciones.  A partir de entonces, el Gobierno del  Estado organizó estas fiestas dándole ya  el nombre de Guelaguetza, corriendo el año de 1953 que, con adiciones pequeñas se ha conservado hasta nuestros días como el espectáculo de carácter étnico y tradicional más importante de toda América, espectáculo que, repito, conforma un conjunto de bailables, danzas, cantos, música, suntuaria tradicional y demostraciones artísticas.

Fueron las mañanas oaxaqueñas impregnadas de luz, de sol y de colorido, las que proporcionaron sus mejores horas para la presentación de la Guelaguetza.  En ocasiones y a partir de 1969,  algunas delegaciones repetían sus representaciones  por las tardes,  con una mayor libertad programática. 

No está nada claro el por qué se adoptó el nombre de esta institución zapoteca, Guelaguetza, para designar a nuestra fiesta máxima.  Existen sin embargo varias especulaciones al respecto:  Una nos dice que por la ofrenda de regalos que las delegaciones avientan al público y entregan a las autoridades; otra versión más romántica señala que, cuando se le presentó el Homenaje Racial al Presidente Abelardo Rodríguez, allá en la capital de la República Mexicana, cosa que sucedió  al año siguiente del Cuarto Centenario, alguna delegación de raíz zapoteca,  le  presentó   en su lengua su ofrenda, consistente en productos artesanales, agrícolas y, dicen, ganaderos, mencionándole que lo hacía como guelaguetza, y que en la reciprocidad misma de la guelaguetza, querían que se les ofreciera una escuela para su comunidad.  De ahí que al preguntar el ejecutivo federal qué significado tenía esta palabra, se le explicó que los pueblos zapotecas mantenían desde tiempos idos esta hermosa institución social de gran solidaridad, de ayuda recíproca, en la que el que recibe está obligado a dar, acto que se realiza para fechas excepcionales en la vida de una persona, como el matrimonio, el nacimiento, el bautizo o  la muerte, donde toda la comunidad participa para que se pueda llevar a cabo ya bien sea el fandango o el duelo. De ahí que desde 1951 se le llame Guelaguetza a este bello espectáculo de luz, color, canto, baile y alegría que disfrutamos durante el Lunes del Cerro y su octava.

En 1969, estas fiestas se vieron enriquecidas con un programa muy amplio que incluía revivir las “Mañanitas Oaxaqueñas”, solo que ahora no con escolares, sino con chirimía; con un concurso formal para elegir a la representante de la Diosa Centéotl, entre las señoritas integrantes de las delegaciones regionales; certamen basado en los conocimientos tradicionales que poseyeran y en su belleza étnica.  Se organizó también el Bani Stui Gulal, el que como un pretendido espectáculo trata de describir lo que pudo haber sido el origen y evolución de nuestras fiestas, remitiéndonos a través de su pasado a sus primeros balbuceos.  Espectáculo teatral, más no histórico.  En ese mismo año, se organizó una calenda folklórica con la participación de todas las delegaciones concurrentes a la Guelaguetza y, en una carreta enflorada tirada por bueyes, se dispuso a cada una de las  representantes de las delegaciones en el concurso de la Diosa Centéotl, concluyendo este desfile   con la carreta en la que era depositada la que fuera elegida como  mujer-deidad.  La calenda partía desde las escalerillas del Cerro del Fortín, donde sierpe, gigantes, marmotas, faroles, bandas pueblerinas, coheteros y carretas,  esperaban al pie de las mismas el arribo de todos los actores regionales para bajar por las calles de Allende y García Vigil hasta el zócalo citadino y admirar la profusa pirotecnia que empezaba una vez concluido el desfile y los bailes de las delegaciones.

Para 1970 el mismo Grupo Folklórico Universitario que bajo la producción de las autoridades estatales de turismo, habían creado el Bani Stui Gulal, escenificó Donají La Leyenda, la que por dos años sucesivos se presentara en el patio de la  Escuela de Bellas Artes de la  UABJO, suspendiéndose después por varios años, hasta que en 1982 se volviera a poner en escena, ahora en el Auditorio Guelaguetza.  En ese mismo 1970,  se presentó en el Teatro Macedonio Alcalá la “Fiesta del Maíz”, un bello espectáculo impregnado de literatura, leyenda y folklore, mismo que hubo de  suspenderse por una de tantas remodelaciones que sufrió este coliseo de exquisito estilo rococó, al año siguiente de su presentación.

 

SIGLO XXI.

Hoy día nuestras fiestas de gran tradición popular han evolucionado hasta perder su originalidad,  debido tanto al crecimiento de la población y de la demanda turística que las admira, como a la construcción del Auditorio Guelaguetza y de una gran cantidad de instalaciones realizadas en el Cerro del Fortín,  que a nuestro juicio han venido a nulificar la romería y la vendimia tradicional que eran totalmente del pueblo de Oaxaca, limitando a la primera hasta prácticamente su desaparición y modificando la segunda hasta su prevalente comercialización.

Los Lunes del Cerro y su Guelaguetza, seguirán evolucionando, enriqueciendo su programa, pero con el latente peligro de seguirse alejando de su esencia cultural y de su raigambre tradicional; claro, si no se toman las medidas inmediatas para impedirlo.

  1. Sucedió en Oaxaca. (1962). Jorge Fernando Iturribarría