La llegada de la Diosa Centéotl a Oaxaca

Por: María Concepción Villalobos López


 

Queridos amigos y amigas:

Indudablemente que es la fiesta el momento indispensable para hacer comunidad; es en estos espacios de encuentro y disfrute, donde reconocemos el sentido de la palabra compartir; en Oaxaca,  la fiesta forma parte de la  cultura   popular y  reserva  un lugar especial para  las mujeres que  alejadas del ámbito doméstico y de la realidad cotidiana, ocupan su tiempo para celebrar;  ahí, entre la música, la comida y las danzas,  aparecen las niñas con su inigualable gracia, la belleza joven que  ilumina cualquier espacio, también ocupan su lugar las abuelas, las mujeres grandes,  cada quien en su tiempo, cada una representando a su familia, cada una como la expresión de su cultura,  todas dispuestas  a ofrecer su guelaguetza para celebrar la entrañable fiesta de los Lunes del Cerro.
En abril de 1932 en el marco del muy recordado Homenaje Racial,  la mujer representó a la ciudad de Oaxaca en la persona de la llamada Señorita Oaxaca y en 1934, ya durante las fiestas de los Lunes del Cerro, el Ayuntamiento capitalino eligió a quien representaría a la  Diosa Centéotl, aunque fue hasta el año de 1969 cuando quedó finalmente institucionalizada esta figura, en lo que puede interpretarse como un encuentro  entre lo mítico y humano,  como un respetuoso reconocimiento al mundo indígena y a la mujer.
Este año, en los últimos días del mes de junio, la cita se cumplió y hasta la hermosa Plaza de la Danza llegaron las 41 aspirantes a ocupar el sitio de la Diosa Centéotl como parte de la esperada fiesta oaxaqueña; cada una de ellas  portadora de su tradición, representante de una cultura que   más allá del folklor se encuentra viva en cada región de  nuestro estado, aquí  en el valle, en la calidez de la costa, en las majestuosas sierras, en la abrupta cañada  o en el luminoso istmo;  mujeres plenas que al ser parte de la  esperada fiesta,  son protagonistas de la gran ocasión del encuentro intercultural, del reconocimiento de nuestras diferencias, del gran privilegio de hermanarnos en la identidad esencial que habla en muchas lenguas, que se escucha en distintas melodías, que se observa en colores y texturas, que también se disfruta en aromas y sabores diversos y que algún día, hemos de añorar en la memoria colectiva,  al recordar con gran orgullo,  que somos la generación que año con año disfrutaba de una fiesta; que año con año recibió las risas, la juventud, el canto y el alma de generosos contingentes que acudieron desde distintos lugares de Oaxaca para alegrar nuestra vida cotidiana.
La esencia humana de la fiesta se percibe en  el intercambio desinteresado y  la solidaridad que se expresa en  la antigua institución de la guelaguetza; la presencia divina de esta celebración  es la Diosa Centéotl, alimento, esperanza, cultivo y trabajo que sabe que habrá recompensa. El encuentro entre lo humano y lo divino, en esta tierra oaxaqueña,  tiene fecha y  lugar establecidos y ocurre cada año en la Fiesta de los Lunes del Cerro, tiempo en que  una Diosa  se encarna en cuerpo de mujer  para estimular el ánimo,  para dar esperanza a quien busca los favores de la alimentación, para ser envuelta en adornos y protocolos  hasta convertirse en el objetivo de una cámara fotográfica que satisface las ansias de curiosos visitantes en busca del misticismo  para finalmente  confirmarnos que en este rincón del país, nadie, nadie puede escapar al misterio que implica la llegada de una diosa.
La vida nace de la tierra; el maíz es el alimento de nuestra cultura,  los árboles fuertes tienen raíces amplias, largas y lejanas; reconocer en el presente nuestras raíces y extenderlas hasta tiempo inmemorial, es la fuerza –así lo pienso-  de nuestra vida cotidiana.
En el año 2019 la Diosa Centéotl es representada por una hermosa mujer afrodescendiente que pertenece a la cultura del sotavento;  con sus décimas y al ritmo de un vigoroso zapateado, nuevamente  Loma Bonita es casa de la divinidad del maíz; Lilia López Hernández, con su voz serena, con la palabra franca, tan sencilla como sincera,  ha ocupado su sitio para celebrar como sólo  aquí, en esta apacible Verde Antequera se hace.
Aceptar la presencia divina  en la sencillez de nuestro diario andar,  congratularnos y vivir  la experiencia de cada una de  estas mujeres como si fuera propia, nutrirnos de sus recuerdos y continuar en busca de más de estos  testimonios,  es una tentadora oferta que  finalmente nos conduce a aceptar que con tradición o sin ella, todas somos diosas, así es que  a disfrutar con orgullo de esta hermosa tierra que nos toca en suerte compartir, me refiero por supuesto, a nuestra querida Oaxaca.