La piedra que se convierte en algodón

Por: Prometeo A. Sánchez Islas


En Turquía se ubica una prodigiosa muestra geológica llamada Pamukkale, cuyo nombre significa “castillo de algodón”. Desde la cumbre del cerro que le acoge, escurren por casi tres kilómetros de laderas las aguas mineralizadas que, al solidificarse, aparentan cascadas petrificadas, las cuales se despliegan como inmensas cortinas blancas desde las “pozas” o “albercas” en forma de media luna, en las que el turismo disfruta durante todo el año -aún bajo la nieve invernal-, de baños termales, hoteles cercanos bien montados y vestigios arqueológicos de primer orden.
La fuerte actividad sísmica de la zona, debida a los volcanes que intermitentemente han abierto nuevas grietas y modificado la topografía tanto con su lava como por los desplazamientos de tierra, ha esculpido este escenario natural, el cual es visible desde muchos kilómetros de distancia gracias a los casi 160 metros de altura del “cortinaje de algodón”. En la cima de la enorme colina se percibe una importante grieta, sobre la que se levantó durante el período helenístico un templo a Apolo, el cual contaba con una escalera que bajaba hacia dicha fisura, a la que llamaban plutonium, refiriéndose al mundo subterráneo de Plutón, Dios del Inframundo, ya que se creía que era una puerta al Hades (el inframundo).
Pamukkale se ubica en la cuenca del río Menderes, el cual varias veces ha movido su curso y sufrido hundimientos a causa de los terremotos, originando así diversas fuentes de aguas termales que han aparecido y se han secado a lo largo de los siglos. La falla geológica que aquí se menciona es rica en calcio y bicarbonatos, pero muy especialmente en Creta, que es una roca que se va formando lentamente conforme se cristaliza la calcita, dando como resultado una roca sedimentaria blanda, porosa y opaca, de color blanco, que toma la forma del lugar donde se asienta, y también de estalactitas (colgantes o adosadas). Por tal razón, las “albercas” y los “cortinajes” van creciendo conforme pasa el tiempo.
Pero por otra parte, el efecto de la alta temperatura sobre el carbonato de calcio, produce que la roca al irse formando en capas sedimentarias, conserve pequeñas cavidades amarillosas o blancas, que le otorgan un aspecto translúcido y suave, dando origen así a un material de construcción muy apreciado desde tiempos inmemoriales: el travertino. Ésta piedra compite con el mármol (que también es calcáreo) en potencial decorativo y en riqueza visual por su veteado sutil.
Finalmente, la calcita de las aguas de Pamukkale arrastra hematita, siderita y cuarzo, que son minerales de gran belleza y colorido, lo que no sólo modifica la apariencia de la roca sino también su nivel de cohesión, razón por la que las “cascadas petrificadas” resultan tan atractivas al tacto y a la vista, según incida en ellas el sol, o se refracten los rayos de luz al atravesar las delgadas películas de agua.
Por lo tanto, la condición sísmica de esta región resulta dual: maligna por los destrozos infligidos a las ciudades; benigna por proveer de roca caliza a los constructores, que la han aprovechado tanto para estructuras como para elementos decorativos (a pesar de que se erosiona con el agua), además de que ha servido como materia prima para fabricar los morteros “a la cal”, la pasta grasa para los estucos y las lechadas para aplanar muros e impermeabilizar techos.

Aguas mágicas

Ya hemos mencionado a Apolo, dios tanto griego como romano con múltiples virtudes, entre las que se encuentran la medicina, las artes, el tiro con arco, la profecía y la verdad. En su templo se le adoraba como Dios Solar, es decir, como símbolo de la Luz, en todas sus acepciones, lo que hace evidente su relación con las aguas termales-minerales, a las que siempre se han atribuido propiedades curativas además de las de diversión. Más aún, su hijo Asclepio y su nieta Hygieia fueron dioses de la sanación, la higiene y la salud. Por ello su vínculo con la grieta del plutonium tenía dos funciones: obtener los vapores medicinales que emanaban de los ductos volcánicos y servir de acceso al inframundo dominado por Plutón. En la actualidad el majestuoso templo está totalmente derruido y sus piezas repartidas por toda la colina, pues fue erigido solo con enormes piedras labradas, pero sin utilizar ninguna mezcla o mortero.
En la parte más alta de Pamukkale se ubican los restos de Hierápolis (ciudad sagrada, en griego). Se trata de una cima aplanada, en la que Eumenes II, rey de Pérgamo puso la primera piedra en el 180 a.C. de lo que fue una “polis” o ciudad. Dos siglos después un terremoto la destruyó, pero el emperador romano Tiberio la reconstruyó y amplió “a la romana”, para convertirse en una floreciente ciudad de descanso veraniego a la cual llegaban los nobles de todo el imperio.
Aunque el Imperio Romano de Occidente colapsó, esta ciudad siguió ofreciendo durante muchos años sus aguas termales, servicios médicos y delicias culinarias. A este período se le conoce como Imperio Bizantino, en el que los principales poderes del mundo se establecieron en la cercana Constantinopla (antes Bizancio y hoy Estambul).
Finalmente los selyúcidas (persas) la conquistaron en el siglo XIII y la administraron hasta el XIV en que fue nuevamente arrasada por un sismo.

Grandeza en los límites del imperio

Hierápolis aun ostenta un impresionante teatro excavado al estilo griego en la ladera, para más de 15 mil espectadores, con una construcción de tres pisos para la escena y la orquesta, todo ricamente decorado con motivos mitológicos clásicos. En su esplendor presumió esculturas de mármol y maquinaria teatral que después fueron saqueadas.
Durante su período “romano” se levantó un gran complejo de termas o baños, en los que al igual que en Roma, se contaba con tres secciones completamente equipadas según la temperatura del agua: caliente, templada y fría. También había zona de ejercicios, tiendas, restaurante, vestuarios y servicios. Estos baños se edificaron sin argamasa y actualmente albergan un museo de sitio.
Por su tamaño, Hierápolis llegó a tener tres necrópolis (panteones) de los que uno de ellos aún muestra la grandilocuencia de sus criptas y tumbas, como maquetas de templos semihundidas en el barro.
La importancia arquitectónica se demuestra en la multiplicidad de estilos debidos a la internacionalización de sus servicios. Por ejemplo, las puertas de las dos murallas son de talantes y épocas diferentes: hay una bizantina, dos romanas clásicas y dos tardías. También hay una fuente monumental que tiene forma de media luna (actual símbolo musulmán) que está orientada hacia el sur y que proviene de la época en que el cristianismo comenzaba a ser aceptado como religión oficial. Y en las cercanías, un monumento octogonal (posiblemente cruzado) que homenajea al apóstol y mártir Felipe, quien trabajó en esta zona del mundo antiguo, al norte de Jerusalén y relativamente cerca de Éfeso, que fue la ciudad donde la Virgen María vivió después del viacrucis.

Reconocimiento mundial

Además de Pamukkale, hay otras dos formaciones similares en el mundo: una de menor tamaño en Oaxaca, conocida como “Hierve el Agua” en la que aun faltan estudios arqueológicos para saber si ese sitio fue sagrado, agrícola o vacacional; y otra con menos altura que las anteriores, ubicada en el Parque Nacional Yellowstone de Estados Unidos.
El conjunto monumental de Hierápolis y Pamukkale fue denominado por la Unesco “patrimonio de la humanidad” en 1998, y desde entonces se dio inicio a una labor de salvación y equipamiento ejemplar, ya que en años anteriores, el abuso, la construcción de caminos y obras diversas sobre las “albercas”, así como el desagüe negro de los hoteles sobre el agua clara, amenazaban seriamente el lugar. Ahora no hay más construcciones que un pequeño pabellón de tienditas y un menudo, económico y lindo balneario, accesible todo el año. Las “medias lunas” y las “cascadas” han recuperado su blancura y los turistas caminan con gusto respetables distancias para deleitarse tanto del área arqueológica como de la zona “de algodón”.
Una ciudad muerta cobra así vida nuevamente y la gente del presente puede beneficiarse de la estética y de la salud que desde tiempo inmemorial la inteligencia humana veneró.